martes, 9 de septiembre de 2014

Los niños ya no se pierden: Pulgarcita, de Michel Serres (Gedisa/FCE)


No, los niños ya no se pierden por el bosque. No sólo porque los padres no los abandonan ya, sino porque ellos mismos tienen en sus manos (en su pulgar) el control de su lugar y su espacio. 
Esto es lo que nos recuerda con mucho encanto el filósofo francés Michel Serres (Francia, 1930). Y si escribo la fecha de su nacimiento es para remarcar lo insólito de que alguien de su edad se tome el tiempo y la inteligencia de mirar a la juventud y contar lo que ve.  La cita con la que abre su libro es elocuente: "Antes de enseñar lo que sea a quien sea, al menos hay que conocerle. ¿Quién acude, hoy en día, a la escuela, a la universidad?".


En este libro el filósofo reflexiona sobre la situación actual de la juventud. Estos muchachos que comen cosas de la tierra (todavía) pero no saben cómo se pone un huevo. Jóvenes que no han conocido la guerra, el dolor, la pérdida, cuya idea de la Arcadia es el ocio o el turismo (o el centro comercial)
¿Qué literatura, qué historia comprenderán, felices, sin haber vivido la rusticidad, los animales, la cosecha estival, cien conflictos, cementerios, heridos, gente hambrienta, patria, bandera sangrienta, monumentos a los muertos... sin haber experimentado el sufrimiento, la urgencia vital de una moral?" (p.19)

No habitan el mismo espacio que generaciones anteriores. A diferencia de los que hemos usado pizarras y cuadernos, libros y la palabra, ellos basan su uso neuronal en el pulgar. Con un teléfono tienen acceso prácticamente a todo.  La brecha entre generaciones es profunda.  Serres habla de la "presunción de incompetencia" de que gozaban los profesores cuando sabían que sus alumnos ignoraban la lección que les presentaría. ¿Quién está seguro hoy en día? Ya vamos todos al médico habiendo mirado antes internet y teniendo una idea de lo que nos pasa. 

Pero Serres no sólo mira a los jóvenes y sus costumbres, reflexiona sobre el rol de los adultos que no han sabido o podido inventar nuevos vínculos. En este escenario ¿nos sorprende que ellos hagan "amigos" a través de las redes y se comuniquen con otros jóvenes de cualquier parte del mundo? ¿Qué enseñar, entonces, en esta nueva época de cambios y mutaciones? ¿Cuál es el rol de los docentes, atrapados en instituciones que, como Serres indica, emiten una luz de constelaciones que ya están muertas hace mucho?


Serres dedica un capítulo de su opúsculo a la escuela y a reflexionar sobre la transmisión del saber que se encontraba en los libros, una voz ya vieja. A recordarnos que "Pulgarcita ni lee ni quiere escuchar el escrito" porque el saber ya está en alguna parte que ella puede localizar con un dedo. 
"¿Por qué a Pulgarcita le interesa cada vez menos todo lo que dice el portavoz? Porque frente a la oferta creciente de saber que cubre una extensión inmensa, accesible siempre y desde cualquier lugar, una oferta puntual y singular que se vuelve irrisoria. La cuestión se planteaba cruelmente cuando había que desplazarse para descubrir un saber escaso y secreto. Ahora es accesible, sobreabundante, incluso en pequeñas cantidades que Pulgarcita lleva en el bolsillo, debajo del pañuelo." (p. 56)
Pero también presenta una sociedad con trabajos desmotivadores, incapaz de generar interés social en las capas más jóvenes, en la que las redes se presentan como la demostración de que los jóvenes quieren hablar y comunicarse. Cuando los padres les reprochan su egoísmo y su individualismo, ellos preguntan si acaso los adultos están mostrándoles cómo formar un equipo, cómo vivir largamente en pareja, cómo confiar en los partidos políticos, o mostrar una democracia que funcione. 

Para Serres, los jóvenes están propiciando un gran cambio en la historia de la humanidad. La generación mutante escucha ahora más a los medios de comunicación y a la publicidad que a sus maestros. En este escenario, es importante que los adultos comiencen a tejer nuevos lazos con ellos.  Serres no explica cómo ni da directrices para el futuro, pero su mirada nos anima a repensar nuestra función, a mirar de manera positiva y abierta un futuro que, hasta ahora, incluidos los filósofos como él, no han sabido anticipar. 

Me encanta, como cierre, esta frase de este libro que le ha merecido el apelativo de "el abuelo con el que todos soñamos", y que nos invita a replantearnos nuestra tarea como mediadores:
"Me gustaría tener dieciocho años, la edad de Pulgarcita y Pulgarcito, porque hay que rehacerlo todo otra vez, está todo por inventar. Quisiera que la vida me dejara el tiempo suficiente aún para trabajar con ellos, a quienes he dedicado toda mi vida, porque siempre los he amado respetuosamente" (p. 37)

Pulgarcita
Michel Serres
Trad. Alfonso Díez
9,5€
Madrid: Gedisa, 2014
(Existe edición para América Latina: FCE)

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